Son Tres Personas, pero ¿qué es una Persona?

por Francisco Lacueva

El hablar de un Dios en tres personas nos lleva a la siguiente conclusión: el Dios verdadero es un Dios personal, pero no es una sola persona, sino que el Ser Divino subsiste individualmente en tres personas. Aquí radica la esencia del mayor misterio de nuestra fe cristiana, ya que entre nosotros, cada individuo, o sea, cada ser humano individual, es una persona (por eso, al multiplicarse las personas se multiplican igualmente los individuos huma­nos), mientras que en Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas divinas realmente distintas, pero no son tres individuos divinos, sino un solo Ser Divino individual. ¿Cómo puede ser eso?

Acerquémonos con profunda reverencia a este gran misterio que ningún intelecto creado puede, ni jamás po­drá, comprender. Como quiera que la Santa Biblia nos da testimonio de cómo se manifiesta Dios en sus atributos esenciales y en sus propiedades personales, pero no puede expresar en palabras humanas lo que dichos atributos y propiedades son en sí, tenemos que concebir unos y otras según la pura perfección que nuestra mente atribuye al vocablo con que nuestro Diccionario los expresa. Esta pura perfección (especie de concepto alambicado de nues­tro pensar teológico) se obtiene por una reflexión sobre el núcleo íntimo que la constituye, a la luz de lo que la Biblia nos dice sobre su manifestación o revelación divina.

¿Cómo se manifiesta una persona frente a otra? Como un «yo» que puede referirse y dirigirse a un «tú»; uno y otro pueden referirse a un «él». Ahora bien, vemos en las Escrituras un «Yo», un «Tú» y un «El» claramente distintos y, sin embargo, identificados en todos los atributos que pertenecen al Ser Divino Único. O sea, Dios se manifiesta como un solo Ser Divino en Tres Personas.

Veamos ahora de qué modo puede aplicarse a este Ser Divino el concepto de persona de una forma trina, es de­cir, tri-personal. En el concepto de personalidad humana entran tres conceptos: a) una «autoconciencia» por la que distinguimos en nuestro ser íntimo una especie de «espec­tador» que se percata tanto de los fenómenos que registra la pantalla de nuestra consciencia o conciencia, como de la existencia de otros objetos (puestos delante de él), que pueden ser personas semejantes a él (sujetos) o meros objetos ingredientes de su circunstancia; b) una «autopose­siónm por la que nos sentimos como dueños responsables de nuestras decisiones y de nuestra actividad consciente. Por eso, se dice con razón que sólo la persona tiene verdadera «existencia», puesto que surge y se planta («ex­isto») para ir fabricando la trama de su vida, libremente, pero inexorablemente, escogiendo constantemente entre un manojo de posibilidades lo que va a ser; c) una alteri­dad irrepetible e incomunicable, puesto que ese «Yo-mismo» que llevamos dentro es tan «otro» de los demás, que no puede nunca compartir realmente con otra persona ni su peculiar «punto de vista» ni su «personal responsabili­dad» ante los más importantes avatares de su vida. Por tanto, el concepto de «persona humana» comporta una especie de coto cerrado que hay que respetar siempre y en cuya intimidad nunca se penetra del todo. De aquí sur­ge la dificultad de la «comunicación» entre los seres hu­manos. Por eso, la persona humana se constituye y perfec­ciona por un proceso de interiorización, por un «ad se» («hacia sí mismo»), como decían los escolásticos.

¿Es así como se constituye, por decirlo de alguna ma­nera, una persona divina? Es cierto que Dios tiene consciencia infinita de Sí mismo, se posee a Sí mismo en plenitud infinita de independencia y libertad, y mantiene su alteridad de una manera total en la inaccesible e inefable trascendencia del «YO SOY EL QUE SOY», pero estos tres atributos de la personalidad no constituyen en la inti­midad del Ser Divino un coto cerrado, incomunicable, por el que una persona divina pueda concebirse como algo vuelto hacia sí, sino que cada persona divina se yergue como distinta de las otras precisamente por un ad alium: por un volcarse totalmente hacia las otras dos. En otras palabras, Dios es Padre y el Padre es una persona divina distinta, precisamente por entregarse totalmente, expre­sando Su Verdad de una manera exhaustiva en un Hijo, el Logos o Verbo de Dios que refleja totalmente la gloria del Padre al ser Su perfecta imagen (Hebr. 1:3: «apaú­gasma tes dóxes kai kharaktér tes hypostáseos autú» = la irradiación de Su gloria y la imagen expresiva de Su rea­lidad). El Padre y el Hijo se constituyen igualmente como personas distintas del Espíritu Santo precisamente por entregarse totalmente, en el común Amor del Bien Divino, surgiendo una tercera persona divina como impresión in­finita de tal Amor.

Esta entrega de una persona a las otras es tan esen­cial al Ser Divino y tan consustancial dentro de la inter­comunicación de la naturaleza divina, que cada persona liga Su existencia divina a Su propia relación personal hacia las demás; de modo que el Padre no sería Dios (dejaría de existir) si no se comunicara al Hijo mediante la expresión de Su verdad; el Hijo no sería Dios (dejaría de existir) si no se dejase invadir por la infinita realidad -expresada- del Padre; el Espíritu Santo no sería Dios si no reflejase infinitamente el eterno e infinito Amor con que el Padre y el Hijo se lanzan mutuamente el uno en brazos del otro al contemplar el Bien Absoluto en la Absoluta Verdad del Ser Divino. Y, siendo el Ser Divino, el Amor, la Verdad y la Vida en plenitud de perfección infinita, el Padre vive de decir la Palabra; el Verbo vive del Padre que Lo expresa y, expresándolo, lo engendra; el Padre y el Hijo viven de amarse en el Espíritu; y el Espíritu vive de ese infinito huracán («ruaj» _«pneu­ma» _«espíritu o viento») que surge del pecho del Padre y del Hijo. Los tres se distinguen como términos diversos de distinta relación; los tres se unen por la mutua inter­comunicación de todos los bienes divinos, que los tres po­seen en plenitud infinita; cada uno se halla en los otros dos como término vital de un acto inmanente («circumin­sesión» o «circumincesión»).[1] Los tres son iguales en orden, dignidad, poder, naturaleza y atributos, porque, siendo correlativos, son mutuamente interdependientes en su existir y obrar. ¿En qué se distinguen, pues? En ser, respectivamente, principio y término de una entrega absoluta. Así que lo absoluto y lo relativo se unen misteriosamente en Dios, pues un mismo Ser Divino, Absoluto respecto a nuestra relatividad esencial, subsiste en tres personas pre­cisamente por la triple relación sustantiva, personaliza­dora, que existe en la intimidad del Ser Divino.

Todo esto resulta incomprensible para el intelecto hu­mano, porque para nuestro limitado ser, para nuestra cerrada personalidad, resulta imposible entregarse sin per­derse, darse sin gastarse, volcarse sin vaciarse. Pero es aquí precisamente donde el misterio de la Trinidad tiene su proyección práctica para el creyente. Jesús pidió al Padre «que todos sean uno; COMO TU, OH PADRE, EN MI, Y YO EN TI, QUE TAMBIEN ELLOS SEAN UNO EN NOSOTROS» (Jn. 17:21). Cuando la Iglesia se esfuerza por «adherirse a la Verdad en el Amor» (Ef. 4:15); es decir, por alcanzar la unidad en el mismo punto de vista de la fe y en el reconocimiento amoroso del mismo Señor (Ef. 4:13), va manifestándose progresivamente esa «parti­cipación de la naturaleza divina» de la que habla Pedro (2.8 Ped. 1:4), porque el creyente vive entonces de ser testigo del Logos y de ser vehículo del Pneuma y, hecho co-miembro de otros bajo la misma Cabeza, ya puede en­tregarse al otro como el mejor medio de encontrarse a sí mismo. En otras palabras, enriquece su «mismidad» en la medida de su «abertura»; ya puede darse sin gastarse, porque, unido a la fuente de la vida, su acción será con­templativa, ya que «todo el cuerpo... según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Ef. 4:16).



[1] La Teología Oriental concebía la Trinidad de una manera dinámica: la vida divina se comunica misteriosamente «del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo» (de ahí el término aperichóresisa = circumincesión, o sea, girar en derredor, que los escritores griegos empleaban para referirse a la mutua inmanencia de las per­sonas divinas), que puede expresarse gráficamente en una línea vertical así:



Por el contrario, la Teología de Occidente la concebía de una ma­nera estática: «En Dios hay tres personas» (de ahí que los escritores latinos sustituyesen el término «perichóresis» = circumincesión, por el de «circuminsessio» = circuminsesión, o sea, estar sentados en derredor) y puede expresarse en el triángulo equilátero:


Así el Oriente se fijaba de inmediato en las personas que se co­munican la vida divina, mientras que el Occidente pensaba primero en una esencia divina, que es común a tres personas.


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